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España

Más de una decena de pueblos españoles piden albergar un vertedero nuclear

Protestas en Alemania contra el almacén temporal de Gorleben, en el Estado de Baja Sajonia.

"Nadie nos ha dicho que no sea seguro"

Al ATC español se le conceden 60 años de vida, prorrogables hasta los 100. Según el proceso elegido por Madrid para su construcción, deben ser las propias localidades las que presenten candidaturas a acogerlo- siempre y cuando la población no se encuentre en una isla, en una región afectada por los seísmos o amenazada por las inundaciones y otras catástrofes naturales, y siempre y cuando no exista excesiva oposición por parte de los habitantes a lo largo de un radio de 10 kilómetros, las peticiones serán aceptadas. Al Ministerio de Industria le corresponde decidir finalmente dónde se emplazará el ATC.

El plazo para enviar las solicitudes se abrió en 29 de diciembre de 2009. “Si una sola persona me hubiera hablado de problemas, lo hubiera visto de otra manera, pero hasta la fecha, absolutamente nadie que entienda del tema nos ha dicho que no sea seguro”, declaraba a la agencia Europa Press José María Saiz, alcalde de Villar de Cañas, en Cuenca, comunidad de Castilla La Mancha.

“Yo no vivo de la política: yo soy herrero, mis concejales son albañiles, escayolistas o jubilados. Nosotros vivimos de nuestro pueblo y no queremos que se muera”, añadía Saiz. Tampoco Óscar Fernández, el alcalde de Melgar de Arriba, es político profesional.

Y, en materia nuclear, confiesa, “antes de esto éramos unos completos analfabetos. Pero nos hemos informado y las medidas de seguridad son altísimas, muy por encima de lo necesario”, dice convencido. La información para sostener tanta certeza no la ha recibido de ninguna instancia oficial, sino que la ha extraído de Internet.

Ciertamente, en el portal de Enresa- Empresa Nacional de Residuos Radioactivos-, se describe con detalle las cualidades del futuro almacén. De los posibles peligros no se lee una sola palabra. También existe un listado con otros países que cuentan ya con depósitos provisionales de residuos en el que aparece enumerada Alemania con Ahaus y Gorleben- la controversia con respecto a este último, al que muchos descartan ya como lugar de almacenamiento definitivo, tampoco se cita. Al fin y al cabo, el centro español no toma como ejemplo a las tentativas germanas, sino al depósito holandés de Habog.

La radioactividad no huele, ni sabe

El pedir información a la administración pública, afirma Gerardo Casado, portavoz de AMAC, una asociación que agrupa a los municipios españoles situados en áreas nucleares, es cosa de los alcaldes. Los pueblos de su agrupación han recibido datos suficientes. Los mismos representantes de la AMAC estuvieron en Holanda para visitar el almacén modelo del ATC.

“Se trata de un almacén en superficie. No es un almacén geológico profundo, sino una nave, y el impacto radiológico para el entorno, tanto para las personas como para el medio ambiente, es nulo. Los bidones que contienen los residuos están diseñados para que sean capaces de aguantar cualquier eventualidad- se los somete a caídas desde mucha altura, a impactos de trenes, de aviones… Además, para protegerse de la radioactividad, muchas veces basta con una barrera física, así que los muros de metro y medio de hormigón que rodean la instalación también son una garantía”, indica Casado, que está convencido de que el proyecto no entraña peligro alguno: “Nosotros somos los primeros interesados en la seguridad, porque somos los que vivimos al lado de estos centros”.

Sin embargo, Hacker, del Instituto de Medio Ambiente de Múnich, tiene sus dudas. “A estos bidones se los somete a pruebas de choque y temperatura, pero sólo hasta cierto nivel- si un avión cayese, por ejemplo, sobre el almacén, no aguantarían. Además, estos depósitos en superficie cuentan con un canal de ventilación porque la temperatura en ellos es muy elevada. Se han dado casos en los que, por un defecto, las tapas de los bidones no cerraban herméticamente y, de este modo, la radioactividad puede alcanzar el exterior”, replica la experta alemana, y añade: “La radioactividad no se huele, no sabe, no se percibe con los sentidos. Si no se informa a la gente, la gente no se entera”.

Estado de los bidones con material radioactivo en Asse II, una mina de sal habilitada para almacenar residuos nucleares en Baja Sajonia, Alemania.

Aunque Casado asegura que en los últimos años la política informativa de las autoridades españolas ha mejorado considerablemente, Hacker opina que en el terreno de la transparencia nuclear a España le queda aún mucho por hacer. “España ha tenido mucha suerte”, considera, “sus plantas nucleares han sufrido incidentes que podrían haber acabado muy mal. Sin ir más lejos, durante el primer semestre de 2008 hubo una serie de accidentes graves que, o bien se dieron a conocer con mucha posterioridad, o bien se supieron sólo porque, desde dentro, algún trabajador informó a una organización ecologista. Y, al final, se formó más revuelo fuera que dentro del país”.

Y, continúa Hacker, “si en Alemania, un país que en el que existe mucha presión de la opinión pública y en el que las autoridades aseguran ser muy estrictas en cuanto a la seguridad en este ámbito, se ha procedido de un modo tan chapucero- y el Gobierno alemán ha sido muy chapucero-, no quiero ni pensar lo que puede suceder en países en los que no existe tanto interés por informar a la población, ni tanta demanda por parte de la población de ser informada”.

Volar sin pista de aterrizaje

De cualquier manera, tanto en España, como en Alemania y en el resto de los países que se sirven de la energía nuclear, el problema de los residuos va más allá de los depósitos temporales. Estos restos siguen siendo radioactivos durante millones de años. La energía atómica ha vivido de moratorias y postergaciones a la espera de encontrar una solución definitiva para su basura, pero, a día de hoy, sigue sin existir en el mundo un lugar en el que guardarla que pueda considerarse para siempre seguro.

“Hasta 1993 era frecuente que los residuos radioactivos se vertieran al mar, luego se discutió la posibilidad de lanzarlos al espacio o de almacenarlos en las capas de hielo de los polos- lo que, viendo hoy a la velocidad a la que se derriten, es de agradecer que la idea se descartase... Todavía hay quien apuesta por la transmutación, pero esta técnica está en pañales y es muy, muy complicada”, resume Hacker. “Es como si uno empezara a practicar la aviación sin que se hubiera inventado todavía la pista de aterrizaje", lamenta la experta, "seguimos produciendo más y más basura atómica. Y dentro de 100 años, ninguno de los que ahora planean el ATC seguirá vivo. Le dejamos el problema a las siguientes generaciones, y eso no es justo”.

Autora: Luna Bolívar Manaut

Editor: Enrique López Magallón

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